El recuento del 2025 es terrible.
Carlos Manzo soñaba con limpiar su ciudad. Había sido elegido alcalde de Uruapan como candidato independiente, con la convicción de que la honestidad aún podía gobernar. El 1° de noviembre, mientras presidía una ofrenda del Día de Muertos, fue asesinado en público. Allí terminó su mandato. Su mayor error: enfrentar la corrupción y la impunidad. Era de ultraderecha, dice una “periodista” sin contrición.
Teresa González Murillo dedicó los últimos años de su vida a buscar lo que el gobierno no quiso encontrar: a los desaparecidos. Fundó un colectivo en Jalisco, recorrió cerros, excavó fosas, dio rostro a los olvidados. Así encontraron cientos de cadáveres en campos de exterminio modernos. Su trabajo no era político ni ideológico: era llenar el vacío y el desinterés de la autoridad. También fue asesinada mientras alcanzaba lo que la desidia de los gobernantes no había querido lograr: encontrar respuestas. Hacer lo correcto fue incómodo; así selló su destino.
Irma Hernández Cruz, taxista de Veracruz, no encabezaba marchas ni portaba consignas. Simplemente trabajaba. Fue secuestrada y murió de un infarto. La gobernadora se apresuró a defender a los captores: ellos no la mataron, ellos sólo la secuestraron. El símbolo más infame de la impunidad y del cinismo.
La cereza del pastel fue el acoso que vivió la Presidenta de la República. Quiero creer que fue un montaje, que su seguridad no es tan endeble y poco profesional. Sería un terrible mensaje para su futuro. Pero si fue real, es aún peor: un reflejo de la sensación de impunidad que permea en nuestro país. Un delito in fraganti que tomó horas en derivar en una detención. Si eso le sucede a la Presidenta, ¿qué le puede pasar al resto de los mexicanos?
El denominador común de estas historias es un Estado perezoso y lento; unas autoridades que, por desidia o complicidad, alimentan la impunidad. Un gobierno que se preocupa más por la percepción, por rastrear las cuentas que lo critican, en lugar de corregir los problemas del país. A cada tragedia responde con encuestas que colocan la popularidad presidencial en niveles absurdos. Con eso acallan el reclamo popular. Saben que la siguiente tragedia hará olvidar a la anterior.
La mayoría está cegada. Por hambre o por ignorancia, los pesos que reciben acallan las carencias de salud, seguridad, educación y empleo. La enclenque oposición es parte del mismo sistema, cómplice y hasta primigenia en muchas conductas indeseables. Las minorías, fragmentadas y aturdidas, ofrecen poca resistencia. Unas, envueltas en autocompasión, no alcanzan a ver más allá de sus lamentos. Otras, satisfechas con mensajes en redes, esperan el momento en que el péndulo regrese y las lleve a un mundo mejor. Algunos, resignados, confían en que será en el otro mundo donde encuentren recompensa a su martirio.
Todas estas minorías son estériles, parte de la misma tormenta perfecta de la que se sienten víctimas. Son minorías que sobreviven, pero que no crean ni transforman. Representan la fatiga moral de una nación que ya no espera justicia, sólo consuelo.
Pero todavía hay una minoría que sí puede hacer la diferencia: la creativa. Esa que no se lamenta, sino que construye. Que no idealiza el pasado, sino que aprende de él. Arnold Toynbee lo explicó con claridad: las civilizaciones no mueren por los bárbaros, sino por el agotamiento moral de sus élites; y sólo renacen gracias a pequeñas comunidades que conservan viva la llama del bien. Benedicto XVI las llamó minorías creativas: núcleos de personas que, en medio del derrumbe, reconstruyen silenciosamente los cimientos espirituales de la sociedad. Desde Cuitláhuac, los corregidores de Querétaro, el indio zapoteco, los campesinos de Cuautla, México no es ni ha sido ajeno a ellas. En un país dominado por la resignación, esa minoría aún existe.
Esa minoría no hace ruido, pero deja huella. No promete revoluciones, sino coherencia. Son los jueces que resisten presiones, los maestros que enseñan libertad, las madres que buscan, los héroes que caminan entre llamas de pipas volcadas, los jóvenes que se levantan en auditorios universitarios frente a falsos profetas, los abogados que defienden la ley natural aunque eso ya no sea popular. Son los que recuerdan que el Derecho no es un arma del poder, sino su límite.
Hace unos días, en medio de la Convención Nacional 2025 de la Federalist Society en Washington D.C., recordé lo que puede surgir cuando una minoría así se decide a actuar. En 1982, cinco estudiantes de Derecho se reunieron en una sala de Yale para hablar de principios: la libertad, la Constitución, el deber moral del jurista. Hartos del discurso progresista dominante en sus aulas, decidieron recuperar el espíritu original del Derecho. De ese pequeño grupo nació la Federalist Society, que hoy reúne a más de setenta mil abogados en Estados Unidos y a delegaciones en más de veinte países. Abogados que son senadores, jueces, académicos, procuradores, defensores. Mentes decididas a actuar para corregir el rumbo de su nación. Lo que comenzó como una conversación entre jóvenes inconformes con la deriva del pensamiento jurídico terminó siendo un movimiento global. Una minoría que no se conformó con lamentar, sino que decidió crear. Y creó historia. Un testimonio vivo de lo que la convicción y la paciencia pueden lograr.
México necesita una minoría así. No un coro de quejas ni un museo de nostalgias, sino una comunidad que crea en el Derecho, en la ley y en la dignidad humana. Que se atreva a construir Justicia sin esperar permiso, sin pedir legitimidad, sin miedo a la soledad ni al autoritarismo. Porque las civilizaciones no se restauran con discursos ni con decretos, sino con obras. Con gente dispuesta a luchar, a sacrificarse y —¿por qué no?— a perder, siempre y cuando las futuras generaciones hereden su pundonor y se impulsen con su ejemplo. Sociedades enteras han sido rescatadas por una minoría que no claudicó. México no será la excepción.
“El futuro pertenece a las minorías creativas que se atreven a vivir la verdad sin miedo al mundo.” — Benedicto
