Mons. Fco. Javier Acero Pérez, o.a.r. Obispo Auxiliar de México
Un saludo a todas las autoridades aquí presentes, y en especial a todos los que forman parte del elenco de Malinche, bienvenidos a esta Iglesia que es de todos. Si en algún momento les hemos ofendido alguno de los miembros de la Iglesia les pido perdón.
Este 16 de marzo de 2026 honramos a Hernán Cortés, padre del mestizaje que hoy vivimos todos nosotros en esta Iglesia de Jesús, emblemático lugar donde se dice fue el encuentro entre el Emperador Moctezuma I y el conquistador Hernán Cortés. La construcción inicial se realizó encima del templo del paraje llamado Huitzilac (Lugar de Colibríes en náhuatl), y de manera formal se concluyó durante los siglos XVII y XVIII, con modificaciones posteriores en el siglo XIX. Formando parte del hospital del mismo nombre un hospital para todos. Se caracteriza por albergar el mural apocalipsis de José Clemente Orozco, los restos de Hernán Cortés y la portada de la primera Catedral de México, la cual data de finales del siglo XVI y es uno de los pocos elementos constructivos de ese siglo que se conservan en el Centro Histórico de la ciudad.
Quisiera reflexionar con ustedes a la luz de la Palabra de Dios algunos hechos históricos. La memoria nos proyecta al futuro. Y la Palabra de Dios como la historia van de la mano, nos da esperanza y soluciones frente a situaciones de conflicto. La Palabra de Dios nos hace trabajar en este momento de la historia en una paz desarmada.
Y en el momento que vivió este gran hombre como es Hernán Cortés nos hace ver lo que hemos escuchado en la primera lectura “un cielo nuevo y una tierra nueva” en donde “construimos casas, vivirán, plantarán viñas y comerán sus frutos”. Una tierra bendita en donde vivimos nuestro mestizaje con orgullo. La evangelización de América es un hito histórico con más luces que sombras en donde una mujer, la sierva de Dios, la Reina Isabel de Castilla, quiso que todos los habitantes de este querido continente tuviesen los mismos derechos y deberes que los del Reino de España, prohibió la esclavitud y siempre veló por los más vulnerables de este continente en donde no quería que se “escuchasen ni gemidos, ni llantos”.
Desgraciadamente el ser humano llevado del prestigio, poder y placer hizo caso omiso a estas leyes y hubo abusos en donde como Iglesia pedimos perdón el papa Juan Pablo II en 1992, el papa Benedicto XVI en 2007 y el papa Francisco en 2015 porque en algunos lugares se usó más la fuerza de la espada que el testimonio de ser hombres y mujeres de una paz desarmante.
Y también seamos justos, es momento de recordar a millares de sacerdotes, obispos, que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz. Hubo pecado, hubo pecado y abundante, y por eso pedimos perdón, pero allí también donde hubo pecado, donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres que defendieron la justicia de los pueblos originarios.
Les pido también a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos obispos, sacerdotes y laicos, que predicaron y predican la Buena Nueva de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y paz, sin olvidar a las monjitas que anónimamente recorren tantos lugares pobres llevando un mensaje de paz y de bien, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas incluso hasta el martirio.
“La Iglesia en América, llena de gozo por la fe recibida y dando gracias a Cristo por este inmenso don, ha celebrado hace poco el quinto centenario del comienzo de la predicación del Evangelio en sus tierras. Esta conmemoración ayudó a los católicos americanos a ser más conscientes del deseo de Cristo de encontrarse con los habitantes del llamado Nuevo Mundo para incorporarlos a su Iglesia y hacerse presente de este modo en la historia del Continente. La evangelización de América no es sólo un don del Señor, sino también fuente de nuevas responsabilidades. Gracias a la acción de los evangelizadores a lo largo y ancho de todo el Continente han nacido de la Iglesia y del Espíritu innumerables hijos”.[1] Ha habido muchas líderes mujeres, como la sierva de Dios Isabel de Castilla, obispos, como el siervo de Dios Tata Vasco, santo Toribio de Mogrovejo y el mismo Hernán Cortés al que la hermenéutica ideológica de la historia ha dejado correr una leyenda sobre su persona y sobre la obra de evangelización por parte de la Iglesia en América y en nuestro país en México.
Hoy en el Evangelio que hemos escuchado se impuso la fe frente al funcionario real y obró el milagro de la curación. Este episodio es semejante del relato de la curación del siervo del centurión, que relatan Mateo y Lucas, si bien en el texto de Juan se trata de un hijo de un funcionario real. Con otra diferencia: en este caso el “funcionario real” le pide que baje antes de que se muera su hijo. En el caso del centurión, recordemos, Jesús intenta acercarse a donde está el criado enfermo y el centurión le dice que no se moleste, basta una sola palabra de Jesús para que se cure su criado. En la versión de Juan, Jesús reprocha al padre del hijo del funcionario que si no ven signos no creen.
En el caso del criado del centurión dice de este que no ha visto tanta fe en Israel, como en el centurión. Y sus palabras las recordamos antes de participar en la comunión eucarística. El centurión no era judío. La fe tiene grados, como momentos: su intensidad no es la misma en unas personas u otras; ni en un momento como en otro. Y el amor también tiene grados según la persona a la que se ama. En el caso del centurión es excepcional: ama a su criado como si fuera un hijo. El amor del funcionario real del texto de Juan pertenece a la lógica de la relación padre-hijo. En cualquier caso la fuerza está en ese amor, que conduce a actualizar la fe en quien puede ayudar, curar. La conversión cuaresmal tiene mucho de convertirnos a un amor más hondo y universal, que fortalecerá nuestra fe: la presencia de Dios en nuestras vidas… para curarnos a nosotros y … a los demás.
El amor, hermanos. La historia de Malinche y Hernán es una historia de amor que viene de una conversión personal, no le interesa la raza, y no ve las consecuencias mundiales que tiene este cariño, al contrario se arriesgan, lo viven intensamente no como una estrategia, sino como una confianza en la otra persona que le enseña una cultura, una manera de ser y sobre todo una fuerte manera de trascender, rezar, orar. El historiador Christian Douverger lo dice bien claro: “Cortés rompe con el esquema clásico de la violencia y de la fuerza y es un conquistador que amó a los vencidos y más que rey o emperador soñó con ser tlatoani” (el que habla, el gobernante).
Fray Toribio de Benavente “Motolinía” (un defensor de los derechos de los indios), decía que Cortés era un buen caballero y venturoso capitán. En su “Carta al Emperador”, le comunicaría a Carlos I de España una descripción muy positiva de su personalidad.
Lo defendió de lo que consideraba difamaciones de Bartolomé de las Casas, y considerando a Cortés como un modelo de civilizador y evangelizador, ponderando las disposiciones dadas por este en favor de los indios. Además, durante la llegada de su misión franciscana, Cortés los recibió con fuerte devoción y humildad, dándole reverencias para darles una buena impresión a los indios (quienes en un inicio, por la apariencia pobre de los franciscanos, no pensaban que tuvieran un papel importante para la futura organización social de Nueva España), facilitándoles en todo momento para hacer efectiva la misión de los franciscanos por hacer cumplir las Leyes Nuevas y las indicaciones de la Iglesia, mostrándose caballeroso e indicando a los caciques indígenas que tratasen con el mismo respeto y veneración a los sacerdotes, que el que le daban al propio Cortés (quien presentó una fuerte admiración a los franciscanos por su humildad).
Dos actitudes sacamos de lo que aquí celebramos respecto a la creencia religiosa. Hoy en México y en toda la región americana vivimos una colonización ideológica que nos divide como pueblo y provoca que perdamos nuestra identidad originaria.
Las colonizaciones ideológicas y culturales miran sobre todo al presente, reniegan del pasado y no miran al futuro: viven en el momento, no en el tiempo y por esto no pueden prometernos nada. Y con este comportamiento de hacer a todos iguales y borrar las diferencias que se cometen, nos provocan; vemos como blasfeman contra Dios creador de todos y como son indiferentes ante el enorme trabajo social que hace la Iglesia desde el Evangelio. Cada vez que llega una colonización cultural e ideológica se peca contra Dios creador porque se quiere cambiar la creación como Él la ha hecho, y contra esta colonización ideológica a través de la historia que ha sucedido muchas veces hay solamente una medicina: el testimonio, es decir, el martirio, el entregarse a la Verdad y luchar con paz desde la coherencia, procurando vivir con unos valores de cuidado a la vida, de protección a los más vulnerables, dialogando con aquellos que piensan diferente. Necesitamos autoridad moral frente aquellos que quieren apagar la paz desarmada y desarmante con ideologías dejando al lado los hechos históricos que son certezas tozudas.
El Evangelio nos habla de convicción: un funcionario real llega y le platica a Jesús. Esta es la otra actitud la convicción. Esto es lo que necesitamos, menos palabrería vana y adelante seguir adelante, como hizo este hombre que hoy recordamos en esta Iglesia la convicción de salir de la tierra y arriesgarse. La convicción acompañada provoca freno a los impulsos humanos y gracias a fray Bartolomé de Olmedo, mercedario y primer director del hospital de Jesús, se van centrando las batallas personales y dejando a un lado las batallas exteriores. Cuando estamos acompañados por personas sabias las meteduras de pata son menores y la convicción se pule con la paz interior que sabía establecer fray Bartolomé ante este hombre del que Octavio Paz comentó “el odio por Cortés no es odio por España. Es odio por nosotros mismos”.[2]
Esta celebración nos tiene que hacer pensar que estamos hechos para ser artesanos de la paz. Narrando una historia en donde se construyen personas, en donde nuestra mirada la tenemos que poner en el hermoso bosque más que en los árboles talados. Seamos artesanos de la paz que este sea nuestro verdadero pasaporte, que sea una convicción para que cuando veamos la historia de Malinche y Hernán veamos que en el fondo se tejen una red de relaciones que ayudan a comprenderse desde el amor. Que el taconeo del flamenco y la melodía del mariachi sigan formando la sinfonía de esperanza que tanto necesitamos en este tiempo.
Amigos, que la historia nos haga recapacitar que la guerra es el fracaso de la humanidad, que las ideologías nos empobrecen y dividen y que la Vida que Dios nos da está hecha para amar a todos cuidando a los más débiles desde una paz desarmada y desarmante. Sigamos agradeciendo a Dios la historia de cada hombre y mujer, la belleza interior de tantos Hernán y Malinche que hay en el mundo. Recordemos que en este 495 aniversario del acontecimiento Guadalupano, Ella, la Virgen de Guadalupe fue la que armonizó esta nación llena de fe y amor, que nos haga centinelas de esperanza y creadores de fraternidad. Que así sea.
[1] fr. Ecclesia in America, n. 1.
[2] Paz, Octavio. Hernán Cortés: exorcismo y liberación.
