El mediodía del sábado 31 de enero, en la Casa de la Cultura Jaime Sabines del rumbo de San Ángel en la Ciudad de México, leí esto alrededor del más reciente libro del artista plástico Jazzamoart. Antes de mí hablaron Evodio Escalante y Rafael Estrada;  luego cerró el autor para dar paso, como debía de ser, a los jóvenes integrantes de un ballet con el que José Vasconcelos hubiera estado muy contento). Va pues el texto:

No exagero cuando afirmo que horas se han gastado ya en entrevistas, en charlas, en presentaciones como esta, en esclarecimientos casi justificativos para referirse a un nombre, un seudónimo, un yuxtapuesto homónimo, un artístico apelativo, un sustantivo.

Años ha, décadas, en amoroso como productivo contubernio, el artista y su compañera, esposa, cómplice, brújula y compás insustituible, Nora Smith, idearon esa combinación de palabras para, con el bautismo, hacer visible un sello, un cauce y una personalidad a esa otra manera de concebir y plasmar su ingente, urgente quehacer creativo.

Llegaba así denominado y denominador el otro que vendría a ocupar un lugar no sólo frente a alguien que una vez firmaba sus cuadros como Estupiñán, su segundo apellido, sino en la plástica mundial de los dos siglos por los que transita: Jazzamoart.

Pero, como advertí, no atenderé el tema del nombre aunque sí remito a quien interesado esté al cariñoso prólogo del libro que hoy nos reúne, escrito con el mismo espíritu lúdico con el que se juega avión, Rayuela, Bebeleche, Hopscotch o como se le llame en distintos lugares del planeta, según los amantes lo mismo del gis en la banqueta o la azotea que de Julio Cortázar (por cierto, apunto, si previsible era que El Perseguidor ocupara lugar en la bibliografía jazzamoartiana, extrañísimo es que la novela de la Maga, Oliveira, con su club de la Serpiente, Traveler, Talita y Morelli, no aparezca en el listado.)

Hablaré, ya lo dije, del verbo entonces, no del sustantivo (y por favor, seguidores de Arjona, no se emocionen que no voy por ahí).

Por supuesto, antes le mentaré la madre a un patético personaje en boga merecidamente empleando una palabra que un autor, aquí en este libro citado, deslizó inteligentemente hace décadas desde su solitario laberinto: ¡Trump vete mucho a la ching***!

Ahora sí: ¿cuál es ese verbo en 5 sílabas, que se dividirán como a ustedes les venga en gana? Jazzamoartizar. Y sí, en efecto, el arte del pintor de marras consiste en eso: jazzamoartizar.

Si a Thelonious Monk se le reconocía en el acto en el momento en que un solo acorde desprendido de su úrsida garra brotaba del piano; si una nota larga, una sola nota en la oscuridad y fuera del escenario desde la trompeta de Davis, podía derruir en segundos el sabor en la boca, el recuerdo, la  impresión física y espiritual dejada por el churrigueresco palacio de cristal confeccionado con magisterio por un joven Marsalis en Lincoln Center al grito de “Silencio pollos pelones ya les van a dar su Miles”; si Coltrane o Bill Evans o Albert Ayler, Sonny Rollins, Ornette Coleman o el recientemente fallecido Henry West, eran identificables un santiamén después del primer soplido en la empapada caña en la boquilla, así Jazzamoart es reconocible desde el primer trazo, el primer escurrimiento, la veladura inicial, como si la primera luz del alba llegara al oscuro lienzo en blanco.

Jazzamoart ya había jazzamoartizado el contexto al retratar realidades por él concebidas o por alguien contadas lo mismo interpretando las estaciones semanas enteras en una iglesia de San Pedro de los Pinos que reuniendo beboperas en sincopado tugurio o recuperando a su modo las mal denominadas «fiestas» taurinas o repletos estadios balompédicos; Jazzamoart ya había jazzamoartizado en la atenta escucha la música que le rodea siempre; Jazzamoart ya había jazzamoartizado la plástica de otros como Picasso o Goya, Delacroix o Rembrandt, Van Gogh o Sorolla, sus maestros, sus colegas. Y ahora viene el irapuatense, tapatío, chilango y jazzamoartiza la literatura o, no exageremos, parte de ella , y la compendia, gracias al verdadero Jazzamoart, su primogénito, saxofonista y abogado, en un solo volumen.

Muchos de esos libros eran hallables, debo apuntar, consultables en la biblioteca del baño de su estudio donde con la lectura bien acompañaban momentos muy privados, otros estaban por ahí acomodados en anaqueles especialmente diseñados para albergar escritos huéspedes de tamaños diversos, tomos de arte donde, entre otros, hay varios ya con la obra de quien aquí nos junta. Jazzamoart lee, elige, selecciona y así, jazzamoartiza su caza y su casa de citas llevándolas al caballete o al muro o, en este caso, a la cara página.

Autores antologados con escritos reunidos para la brocha y el pincel hay que no sorprenden a quien ha seguido de cerca la biografía de este artista que ha hecho de la ruptura tradición, de la costumbre sorpresa y de la espontaneidad tarea disciplinada. Pienso en Efraín Huerta, en el citado Cortázar, en Rulfo, Ibargüengoitia, Ginsberg, Amiri Baraka o Revueltas y por supuesto en el manco de Lepanto, Kerouac o López Velarde.

Otros están ahí no sólo porque merecen estar sino además porque forman parte de eso que el pintor concibe como cariño y como amistad (aunque personalmente sea bastante rejego a cultivarla, eso que se llama regar la maceta ocasionalmente para hacerle saber a la flor que existe). Pienso, por supuesto, en la poesía lovezvelardeana de su propio padre, Xavier, como en los textos de Evodio Escalante, en Andrés de Luna, en Jorge F. Hernández, Miguel Ángel Muñoz o en los añorados Carlos Montemayor y Emile Martel. Otros, presentes en la compilación, llaman a la sorpresa, al menos a la mía. Sor Juana, Miguel León Portilla, Balzac, Baudelaire, Bukowski, Fuentes, Sabines, Paz, Joyce, el eterno candidato al nobel japonés y San Juan de la Cruz.

El libro, echado a andar y vuelto realidad gracias a la diligente conocida, reconocida labor del verdadero Jazzamoart que se apellida Vázquez Smith, gracias a Nora su señora madre y el equipo de colaboradores que la inteligente bonhomía de los dos citados, suscita, tiene momentos visuales memorables. Pienso en cuadros donde el jazzamoartizador se desjazzamoartiza (y aquí llegará al pensamiento de alguien la presencia del cura de Parangaricutirimmícuaro) porque sabe, puede y quiere y lo ejecuta con maestría, como en el onírico, surrealista capturar del ruido ese que Rulfo plasmara en letras y Julio Estrada en música, esto es: el silencio, el silencio según Jazzamoart.

Otro cuadro llama poderosamente la atención y ese está en la portada. Cervantes lee su obra, Cervantes lee el Quijote y el título (La locura de Cervantes) explica lo que ahí sucede: quien enloquece sorbido el seso no es otro que el oriundo de Alcalá de Henares, él fue quien leyó todos esos libros de caballería, él fue quien enfrentó molinos y suspiró por su Dulcinea, él fue quien escapó de su africano cautiverio, antes que otra cosa, imaginando y convocando a imaginar. Imagínate libre, ahora procede a serlo. Jazzamoart procede a hacerlo.

Por supuesto, habrá quien subraye la ausencia de mujeres citadas, recitadas más allá de Sor Juana y habrá también quien se congratule porque uno de los cuadros en el jazz inspirados proviene de un grupo mexicano dirigido por el infatigable Francisco Téllez. El deseo, el capricho, la memoria, la doméstica aproximación, marcan la pauta de toda antología y ahí está la suprema voluntad del hacedor para establecer los lindes y lidiar con las gozosas resultantes.

Termino ya: Jazzamoart lee, se rodea de lecturas, se inspira, las interpreta, las pinta y ese jazzamoartizado universo de letras hoy está con nosotros en un libro de esos que bien merecen llamarse de arte por todo lo que incluye (a destacar el puntilloso cuidado de la edición por Ma. Luisa Martínez de La Cabra Ediciones). Yo, lector, escucha, veedor, tomaré mi tomo, sentado lo colocaré en el banco frente a mí y con delectación y en la gozosa intimidad, pasaré la página pausadamente como indican los hedonistas cánones.

Felicidades al autor, a los autores.

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