EDITORIAL
Al Maestro de Maestros con Cariño de Cariños Fausto Rico Álvarez. In memoriam
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que una de las personas que más influyó en mi trayectoria de vida, sin por supuesto adjudicarle responsabilidad alguna por lo que ha sido la toma de decisiones que han sido exclusivamente mías, fue el maestro de maestros –imposible predicarlo de alguien con más exactitud– don Fausto Rico Álvarez.
El ilustre veracruzano que falleció hace unas semanas tras una larga y fructífera vida, me entrevistó en 1992, como rector que era, para ingresar a la Escuela Libre, la de los amores de mi padre en la que había estudiado entre 1967 y 1971 y en la que se había ganado fama de buen constitucionalista. Don Fausto, a quien yo por supuesto no conocía, se reunía con todos y cada uno de los aspirantes a ingresar a la Escuela. Me recibió con su rostro adusto y los ojos zarcos, de por sí pequeños, entrecerrados. Tras un par de tarugadas que le habré dicho, me pidió que no siguiera más, me dijo que estaba admitido, pero que si lo que pretendía era seguir el trayecto de mi padre tirara de una vez los bártulos, que él quería un buen civilista, no alguien que se dedicara a continuar, sin más talento que la ósmosis, la senda de su papá. Salí de ahí extrañado y rebelde. Recuerdo haberme subido al metro pensando “aunque la estación Balderas me lleve directamente a mi casa, en los Viveros de Coyoacán, prefiero seguir haciendo transbordos que ingresar a una Escuela en la que todo mundo tiene expectativas sobre mí, que no tengo ni idea de lo que es un constitucionalista ni un civilista. Total, en buena medida, ni me importa el tema ni lo quiero investigar”. Decidí permanecer en la institución en la que había realizado el Bachillerato.
Al año siguiente, habiendo averiguado lo que era el Derecho Civil y el Constitucional y convencido de que aquel don Fausto tan enigmático me lo enseñaría mejor que cualquier profesor de mi amada Universidad, volví con la frente marchita y la cola entre las patas al austero edificio de Belén, sin avisarle a mis padres ni a nadie. El maestro Rico no quiso recibirme y sólo ordenó desde su privado: “que se inscriba”. Así lo hice.
Meses después, en la ceremonia de inicio de cursos, una amiga con la que debí ingresar a la Escuela un año antes me guió cual Virgilio a través del ritual casi centenario. “Esa del presidium es la Junta directiva”, me advirtió. “Juristas excepcionales, casi todos son notarios”. La presidía el rector, don Fausto Rico, que dirigió entonces, en 1993, su último discurso al pleno del claustro y del alumnado. Nos llamó a generar élites, pero no dinerarias ni potestativas, sino de conocimientos, de saberes, de utilidad para una sociedad que exigía, en justicia, lo que le correspondía. “Dar a cada quien lo suyo”, repitieron en voz alta mi amiga y una compañera que la flanqueaba, mostrando que habían sido iniciadas, ya, en el rico pensamiento de Rico.
Aquel mensaje de don Fausto fue el último que dio como rector. Años después me enteraría de que había pretendido desmontar la complicada red de intereses clientelares con que algunos personajes de (por contraste) infausta memoria, regenteaban a la institución de Rabasa, Rodríguez y Macedo. Falto de formas políticas, amigo de las verdades justamente colocadas, incapaz del zigzagueo indirecto y diplomático, el maestro Rico dejó la Rectoría y construyó el futuro, pues legó la tarea al mejor de sus discípulos, Ignacio Morales Lechuga, que lograría el desmantelamiento una década después.
A todo ello estábamos ajenos los estudiantes de la Libre, preocupados solamente porque la temporada de lluvias no nos hallara en la inopia. El tercer curso de Derecho Civil, el dedicado a los Contratos, nos fue impartido por don Fausto. Nunca he estudiado tanto ni con tanto afán. Durante un año entero nos enfrentamos a sus preguntas cotidianas, a sus ironías precisas, a su adusta simpatía, a su pregunta epistemológica que devenía en ontológica: “¿sabe o no sabe?”.
En estos días de tristeza y luto, entre lo más sabio que he escuchado está lo que me comentó una compañera al pie de los restos del maestro: “don Fausto sabía sacar lo mejor de sus alumnos”. Es cierto: nunca olvidaré la noche en vela que me hizo pasar, tras el examen de Contratos, la emoción que me causó el que el maestro Rico me hubiera considerado digno de la máxima calificación en su curso. Al fin me había graduado como “alumno de un ilustre civilista”, tal como me advirtió otro insigne catedrático, don Ramón Sánchez Medal, cuyo libro, junto con el de Lozano Noriega, colmaba los afanes del temario de Rico, y había que conocerlo al dedillo.
Pasaron los años sin que me resignara a dedicarme al Derecho Civil y don Fausto me lo reclamaba cada que me veía: “que le asignen una materia en serio, Estrada. ¿Qué hace usted perdiendo el tiempo con la Historia?” “Uy, Maestro”, respondía. “La Historia es una materia mucho más seria que esas que ustedes enseñan y que un legislador imprudente e ignorante es capaz de cambiar en cualquier instante”. Sólo hasta la última vez que lo vi, presidiendo un acto en la Escuela, me dijo, como quien no quiere la cosa, movido quizá por lo que veía que se discutía en los Congresos: “tiene usted razón”.
No tuve más contacto profesional con él que el de una gran iniciativa con la que pretendió coronar su fructífera labor docente: la Alianza por la Excelencia Académica. Integrada inicialmente por la propia Libre y por la UNAM, la UP, la Iberoamericana y el ITAM, la Alianza buscaba elevar los estándares de la educación jurídica mexicana y homologarlos hasta tal punto que pudieran extenderse desde las instituciones más prestigiadas hasta el resto de las Facultades y Escuelas del país. Que se haya logrado o no, lo advertirán las futuras generaciones. Yo sólo sé que el maestro Rico nos tenía trabajando en forma implacable, conforme a una agenda que no se movía y tenía que agotarse siempre, con propuestas renovadoras y sin permitir que nadie se durmiera en sus laureles (algo que le era particularmente molesto). Sé que después ingresarían a la Alianza nuevas instituciones como el CIDE, el ITESM y La Salle, institución por la que don Fausto guardaba un particular aprecio por haber sido la sede de sus pininos docentes cuando, vuelto de Roma, el joven humanista ingresaría como profesor al Colegio Cristóbal Colón de las calles de Sadi Carnot.
Maestro de maestros, decíamos, formó multitud de notarios, legisladores, jueces, abogados y hasta políticos y uno que otro académico. No había quien se atreviera a dudar del valor de su magisterio, por mucho que no compartiera su visión en extremo práctica de los programas de formación jurídica. Para mí fue, ante todo, la gran guía de gente muy querida, como mi primo Eugenio Bernal Caso, su sobrino por el lado materno, a quien formó como un abogado de enorme éxito y estricta solvencia ética y profesional. Sé que ayudó, en lo personal y a través de la Fundación que lleva su nombre, a multitud de mujeres y hombres que después pondrían su formación al servicio de las mejores causas de México. También sé que forjó, así fuera a contrario sensu, mi vocación y mi temple. Llevó mi rebeldía por cauces que en aquella primavera del 92 ni él ni yo, estoy seguro, pudimos entrever siquiera.
Cuando los grandes maestros parten, sólo queda el tácito homenaje de procurar mantenerse a su altura. Que así ocurra.
